Más que un show: la lección empresarial de Bad Bunny en el Super Bowl

Más que un show: la lección empresarial de Bad Bunny en el Super Bowl Más que un show: la lección empresarial de Bad Bunny en el Super Bowl
Foto: El Mundo MX

Hay artistas que llenan estadios y hay otros que entienden cómo funciona el dinero, la atención y el poder simbólico. Bad Bunny pertenece al segundo grupo. Su participación como artista principal del espectáculo de medio tiempo del Super Bowl LX más allá de un gesto cultural, fue una decisión comercial impecable, respaldada por números, estrategia y control de marca.

El Super Bowl más que un partido, es una vitrina con más de 100 millones de espectadores; es un espacio publicitario que supera los diez millones de dólares por 30 segundos; y es una conversación mundial que dura semanas antes y después del evento. Ahí no se llega por simpatía. Se llega porque alguien garantiza retorno. La NFL lo sabe y Bad Bunny también.

Bad Bunny entendió hace tiempo que la música es solo la puerta de entrada. Su fortuna no se explica solo por reproducciones en plataformas digitales. Se explica por control, diversificación y timing, y el medio tiempo del Super Bowl funcionó como amplificador. Tras anunciarse su participación, por ejemplo, aumentaron las búsquedas de vuelos y hospedaje en Santa Clara, sede del evento, y plataformas de viajes registraron picos claros asociados al anuncio, un fenómeno similar al “Taylor Swift effect”.

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Las marcas también lo entendieron rápido. Incluso Duolingo lanzó “Bad Bunny 101”, una campaña que mezcló aprendizaje de español, cultura pop y humor. No vendieron una app. Vendieron pertenencia.

Y aquí está la lección para muchas empresas y para más de un funcionario: Bad Bunny no vende canciones, vende experiencia, identidad y narrativa. El producto es secundario. Lo central es la historia bien contada y el control del mensaje. La conversación digital y el contenido viral en redes sociales no aparecen por casualidad, aparecen cuando hay marketing estratégico.

Ahora, miremos hacia casa. México será sede del Mundial de Futbol 2026. Las estimaciones de la FIFA en cuanto a cifras de visitantes se encuentran sobre los 450,000 por ciudad participante. El paralelismo es inevitable. La diferencia no está en el tamaño del evento, sino en la capacidad de lectura, porque este tipo de acontecimiento requiere dirección, criterio empresarial y una narrativa clara.

Leer más: Bad Bunny impone nuevo récord de audiencia en el medio tiempo del Super Bowl 2026

El sector privado tiene que dejar de esperar instrucciones y asumir liderazgo, arriesgar capital, crear alianzas y diseñar experiencias que vayan más allá del patrocinio visible. El Gobierno, por su parte, debe entender que su papel no es estorbar ni apropiarse del discurso, sino facilitar, ordenar y permitir que la iniciativa privada opere con reglas claras y tiempos razonables.

Si el país cree que basta con partidos, anuncios oficiales y discursos vacíos, el resultado será predecible. Si se entiende que el Mundial es una plataforma cultural, comercial y narrativa, entonces hay margen para algo mayor. No se trata de gastar más, sino de saber qué mostrar, a quién y con qué coherencia.

Bad Bunny demostró que el valor real está en convertir un evento deportivo en un relato cultural con efectos económicos medibles. Quien no controla su historia, paga por aparecer en la de otros, y cuando el control queda en manos equivocadas, el costo no se mide solo en dinero, sino en oportunidades perdidas que no regresan.

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