El despliegue de tres destructores lanzamisiles de Estados Unidos en aguas internacionales cercanas a la costa de Venezuela a finales de agosto de 2025 reactivó un antiguo debate sobre una posible intervención militar para derrocar al gobierno de Nicolás Maduro. Esta movilización naval, justificada por Washington como una operación contra el narcotráfico, provocó una respuesta inmediata de Caracas, que ordenó la movilización de milicias y tropas. Este evento representa un nuevo punto de inflexión en las relaciones entre ambos países, que mantienen un conflicto político y diplomático desde hace 26 años.

La administración del presidente Donald Trump afirma que el objetivo central de esta acción es combatir el tráfico de drogas que, según su visión, sale de Venezuela hacia su territorio. Karoline Leavitt, portavoz de la Casa Blanca, declaró que Trump “está preparado para usar todos los medios del poder estadounidense para evitar que las drogas inunden nuestro país”. Además de los barcos, medios de prensa reportaron un plan para enviar aproximadamente 4.000 marines a la zona. Washington cataloga al gobierno de Maduro como un “cartel del narcoterror” y lo acusa de liderar una organización denominada Cartel de los Soles, a la que designó como terrorista. Como parte de esta ofensiva, Estados Unidos ofrece una recompensa de 50 millones de dólares por información que conduzca a la captura de Maduro.
La respuesta venezolana y el escenario internacional
Frente a estas acciones, la reacción del gobierno venezolano fue contundente. Nicolás Maduro calificó las amenazas de “inmorales, criminales e ilegales” y convocó al alistamiento masivo en la Milicia Bolivariana, un cuerpo compuesto por civiles. Maduro habló de una lucha de “David contra Goliat” y anunció un plan para movilizar a 4,5 millones de personas, una cifra que analistas independientes consideran imposible de verificar y excesiva, dado que supera ampliamente los votos que obtuvo en su última elección presidencial. Este llamado a las armas se enmarca en una narrativa de defensa nacional contra una potencia extranjera.
La tensión adquirió una dimensión internacional cuando Francia decidió reforzar su presencia naval en el Caribe, específicamente en sus territorios de ultramar como Guadalupe y Martinica. Manuel Valls, ministro de los Territorios de Ultramar, justificó el movimiento como parte de una cooperación internacional contra las redes de narcotráfico. Países como Trinidad y Tobago expresaron su apoyo a la operación estadounidense, mientras que líderes regionales como el expresidente boliviano Evo Morales y el actual mandatario de Bolivia, Luis Arce, condenaron enérgicamente el despliegue militar, tachándolo de acto intervencionista y de una “infamia” las acusaciones contra Venezuela.

Viabilidad y consecuencias de una escalada militar
La pregunta central que flota en el ambiente es sobre la viabilidad real de una intervención militar estadounidense. Expertos en geopolítica consideran que una invasión a gran escala es un escenario poco probable. Mariano de Alba, analista con base en Londres, sugiere que el despliegue podría ser más una operación de presión psicológica que una acción militar directa. Argumenta que si la intención real de Trump fuera un cambio de gobierno, se optaría por una “acción sorpresa” y no por un movimiento tan público. Además, una intervención de esa magnitud en Venezuela complicaría la posición internacional de Estados Unidos en otros conflictos.
No obstante, la retórica belicista tiene consecuencias inmediatas dentro de Venezuela. Para Maduro, esta crisis representa un beneficio político, ya que le permite reactivar un discurso nacionalista y de unidad frente a un enemigo externo, un recurso narrativo que ha usado históricamente para desviar la atención de la profunda crisis económica interna. Simultáneamente, este clima de tensión facilita la justificación de purgas internas dentro del chavismo y el arresto de figuras opositoras bajo el argumento de combatir la traición.

Para Donald Trump, la firmeza demostrada frente a Venezuela puede ser interpretada como un mensaje para su base electoral doméstica. Al mismo tiempo, analistas como Edward Rodríguez señalan que este momento sirve para relanzar a la debilitada oposición venezolana, liderada por María Corina Machado. En las calles de Caracas, la población reacciona con una mezcla de preocupación y escepticismo, consciente de que la solución a sus problemas diarios no llegará de forma inmediata, independientemente de la retórica que se maneje en el ámbito internacional. El futuro inmediato dependerá de la capacidad de ambas partes para manejar la escalada sin caer en un error de cálculo con consecuencias impredecibles para toda la región.